PRIMER PLANO – Ramón García Ros – Miembro de la junta de la Asociación Boomerang – “En Australia aprendí otro medio de vida, libre, en un país moderno”

PRIMER PLANO – Ramón García Ros – Miembro de la junta de la Asociación Boomerang – “En Australia aprendí otro medio de vida, libre, en un país moderno”

Con 18 años, el vecino y natural de Villatuerta emigró en la década de los 60 en busca de aventura y oportunidades

Ramón García Ros (Villatuerta, 1944) emigró, en 1962, con 18 años recién cumplidos, a Australia. Lo hizo en busca de aventura y de oportunidades, como sus dos hermanos mayores, y como cientos, miles de navarros y de otras provincias del norte en las décadas de los 50 y los 60. Las plantaciones de caña de azúcar, de tabaco y otra suerte de empleos en un país muy necesitado de mano de obra acogieron a buena parte de los emigrantes que rehicieron su vida a miles de kilómetros de distancia. García se instaló en Sidney, donde desempeñó diferentes oficios y conoció a su mujer con la que formó una familia. En 1975, trece años después, rehacían su vida en Villatuerta.

El villatortense es vocal de la recientemente formada Asociación Navarra Boomerang Australia Elkartea, dedicada a la recuperación de la memoria de quienes se fueron a ‘hacer las Australias’ en el contexto de un acuerdo de inmigración entre el Gobierno australiano y el entonces régimen de Franco.

¿Cómo tomas la decisión de dejar Villatuerta y emigrar a Australia?
Tenía un tío cura en Australia y dos hermanos míos ya estaban allí. Yo llegué en 1962. La idea en un principio fue un poco tonta, no lo pensé demasiado. Eran unos años en los que en Estella había empresas y trabajo, pero me animaron mis hermanos y me motivó la aventura. No tenía ni 18 años, los cumplí durante el trayecto en barco.

¿Cómo recuerdas aquél viaje?
Me fui de Villatuerta a Hendaya, donde me monté en un tren que me llevó a Génova. Y allí cogí el barco que, por el canal de Suez, sin escalas, llegó a Australia. Fueron treinta días de viaje hasta el puerto de Sidney, donde me esperaban mis hermanos. Me quedé con ellos.

¿Te impresionó Sidney? ¿Cómo viviste tu llegada a la ciudad?
Impresionar no sé si es la palabra, en aquellos años el puerto de Sidney no es lo de ahora, pero la ciudad llamaba la atención. Hay que pensar que en los años sesenta en Villatuerta las calles eran de tierra, en Villatuerta y en todos los pueblos, y llegué al asfalto. Los edificios tampoco eran excesivamente altos, había mucha casa baja, pero lo que llamaba la atención era la vida allí. Fue todo un cambio. Al principio aprendes lo justo para moverte, por ejemplo cuando iba a trabajar sabía que tenía que decir “return” y el lugar al que iba en el momento de comprar el ticket. Te lo aprendías.

¿Te costó hacerte con el idioma?
No demasiado. Estudié mucho inglés una vez allí y en seis meses ya podía defenderme bien. A priori parece difícil, pero no lo es.

¿Qué te llamaba la atención de la vida en Australia?
Nos llamaba la atención el tipo de sociedad. Por ejemplo, me pasó que una compañera de trabajo un día me dijo “I´m divorced”. Cuando llegué a casa le pregunté a mi hermano qué significaba. En España el divorcio no existía y si una mujer dejaba a su marido se la calificaba de fresca.

Fuisteis a trabajar y no faltaba el empleo, ¿cómo eran las condiciones?
En el trabajo te trataban bien, había muy buen ambiente y muy buena relación con los compañeros. La gente era muy profesional y si un jefe metía la pata en algo, se iba. Esto yo lo he visto. Aquí, sin embargo, el jefe ya podía equivocarse que no perdía el puesto… Íbamos a trabajar con la libertad de que si un viernes dejabas tu trabajo mirabas los anuncios del periódico y para el lunes tenías otro, y lo ele­gías para que estuviera cerca de tu casa porque Sidney es una ciudad muy grande.

¿Qué tipo de trabajos realizaste? ¿Eran labores duras?
Tuve muchos trabajos, en Sidney trabajé en un taller de hornos, en Queensland estuve tres días cortando caña de azúcar, pero me pareció muy duro y lo dejé. De ahí me fui a Townsville, a una mina de cobre. También trabajé en una empresa de pozos y en el sector de la construcción. Pude estudiar en el colegio técnico dos años de Soldadura Eléctrica y Autógena y me formé en Chapa y Pintura de coches, aunque nunca lo puse en práctica.
La verdad es que tuve la suerte de trabajar en la ciudad, donde las condiciones no eran tan duras como en los campos y en las plantaciones de caña. Por otro lado, las condiciones de seguridad en la mina que estuve no tenían nada que ver con las condiciones de la minería en España. Australia era un país avanzado y con medios.

Si echas la vista atrás, ¿cómo recuerdas aquella etapa? ¿Qué significó en tu vida?
Fue muy positiva. Aprendí otro medio de vida, libre, en un país moderno donde los políticos eran como tienen que ser, los sindicatos honrados y la gente agradable. El trabajo no faltaba, podías comprarte una casa y teníamos nuestro ocio. Nos juntábamos sobre todo en el ‘Spanish Centre’, un edificio en el centro de Sidney de cuatro plantas con restaurante, sala de baile e incluso guardería. Había quien dejaba a los críos bien cuidados y, mientras, cenaba y bailaba. Hubo hasta equipo de fútbol, se hacían excursiones…
En 1970 conocí a mi mujer, Azucena, en Sidney. Ella, de Segovia pero afincada en Madrid, llevaba en Australia algo más de un año. Nos conocimos en el ‘Spanish Centre’ y formamos una familia. En Australia nació nuestro primer hijo.

¿Cómo veían los australianos a la población inmigrante?
Hay que pensar que Australia necesitaba mucha mano de obra, que el 50% o 60% de la población éramos inmigrantes. Había mucho griego, yugoslavo e italiano. En los sesenta, se calcula que 60.000 españoles llegaron a Australia. Por lo general los australianos eran tolerantes, sabían que nos necesitaban, y nos llamaban ‘New Australians’, que no era despectivo. Sí que estaba mal visto que dijeran a los inmigrantes WOG, ‘Westernized Oriental Gentleman’, en relación a quienes desde el Este, Filipinas, por ejemplo, llegaban a Australia.

¿Fue fácil conseguir la nacionalidad australiana?
Tan fácil como que ibas y te la daban. Eras emigrante y con eso sólo ya estabas admitido, no te podían echar. Teníamos todos los derechos, igual que el nacido en Australia. Cuando llegabas en el barco, no había aduanas, llegabas y punto. Cuando subías al barco ya estaba todo en regla.

“Íbamos a trabajar con la libertad de que si un viernes dejabas tu trabajo mirabas los anuncios del periódico y para
el lunes tenías otro”

¿Por qué tomáis la decisión de dejarlo todo otra vez y regresar a Villatuerta?
Surgió a raíz de un telegrama de mi hermana que me informa de que mi padre estaba mal de salud. Hablé con mi mujer y me dijo, “llévate al niño”, que tenía 19 meses, “que es el único nieto, para que lo conozcan”. Y llegamos tras un viaje en avión. Estando en Villatuerta, uno de mis hermanos, que trabajaba en Sarrió, me llevó a la empresa y el jefe cuando se enteró de que tenía experiencia como soldador con argón, me ofreció trabajo. En España apenas se conocía la soldadura con argón. Le llamé a mi mujer y le conté que podíamos hacer una casa en un terreno que tenía y me animó a que dejara al niño con su familia y volviera para preparar la vuelta. A los diez meses llegamos a Villatuerta.

¿Costó adaptarse nuevamente a otra vida?
Costó, sí. Nos hubiéramos quedado en Australia, acabábamos de comprar una casa, pero las cosas a veces vienen como vienen. Mi mujer llegó embarazada de nuestra hija, que nació aquí, al igual que el tercero. Cambio lo hubo. Era el año 1975 y no estábamos acostumbrados a muchas cosas, como por ejemplo a los temas administrativos, tan complicados. En Australia todo estaba bien organizado, los problemas se solucionaban pronto, pero este era otro mundo. Tuvimos opción de marchar a Madrid, donde me ofrecieron trabajo, pero la ciudad nos echó para atrás. Nos amoldamos a la vida de un pueblo que tenía cerca todos los servicios y en un momento en que el país cambiaba.

¿Habéis regresado de vacaciones?
Volvimos mi mujer, mi cuñada y tres sobrinos a la boda de una sobrina en 1995. Fue la única vez. Mi hijo, el que nació en Australia, también estuvo una temporada allí, pero luego regresó.

La Asociación Boomerang trata de recuperar esta parte de la historia de los navarros que emigraron, ¿qué significa para ti formar parte de ella?
Yo veo que es un proyecto muy bonito que facilita la relación entre personas que vivieron en Australia o que tienen familiares que lo hicieron. Yo, personalmente, a través de los encuentros y los grupos de WhatsApp he coincidido con pocos conocidos, quizá porque estuve 13 años y en la ciudad, pero veo que muchos sí que se reconocen o sus padres se conocían, o algún familiar. Hay quien lo vive muy intensamente. En julio se va a organizar un viaje para que la gente vuelva o visite los lugares donde vivieron y trabajaron sus antepasados.

Con motivo de las actividades que se están organizando en el contexto del proyecto Boomerang, ¿quieres mandar un mensaje a las personas de Tierra Estella que estuvieron en Australia y que no os conozcan todavía?
Sí, les animaría a participar el domingo 31 de marzo en una comida que se va a celebrar en el hotel Hola de Tafalla. Se trata de reunir a gente con lazos con Australia para compartir recuerdos, experiencias y la historia de sus familiares. En febrero celebramos la primera comida y fue muy bonita. Es difícil llegar a saber de la gente que estuvo en Australia, es un tema del boca a boca, por eso si alguien fue emigrante le animamos a que participe. La comida cuesta 30 euros. Ya hay apuntadas 250 personas y el aforo es hasta 400.

¿Tenéis idea de cuantas personas de Navarra y de Tierra Estella se marcharon a Australia?
Yo sé que hay gente de Estella, Artavia, Eulz, Iturgoyen, Larraga, también marchó mucha gente de los pueblos de la Ribera y de la Sakana, pero es difícil llegar a ellas. Quizá a través de los medios lo podamos

Asociación Navarra Boomerang Australia Elkartea

Recientemente se ha creado la Asociación Navarra Boomerang Australia Elkartea integrada por una junta de diez personas que trabajan por recuperar la memoria histórica de la emigración navarra a Australia. El colectivo pretende que “la mecha no se apague” mediante la realización de actividades que pongan en contacto a emigrantes que se marcharon en las décadas de los 50 y los 60 a hacer ‘las Australias’ y a familiares que mantienen vivo su recuerdo. Junto a comidas de reencuentro -la próxima el 31 de marzo en el hotel Hola de Tafalla-, la Asociación organiza un viaje al estado de Queensland este verano, del 15 de julio al 1 de agosto, para recorrer los lugares donde vivieron y trabajaron los navarros que decidieron marcharse y emprender una nueva vida.

 

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