PRIMER PLANO – Natalia Aramendía García – “Ahora la mujer tiene capacidad de decidir”

PRIMER PLANO – Natalia Aramendía García – “Ahora la mujer tiene capacidad de decidir”

La estellesa empezó a trabajar como comadrona en el hospital García Orcoyen hace 41 años. Hace unos meses se jubilaba y decía adiós

Todavía habla en presente porque 41 años de profesión no se dejan atrás fácilmente. La matrona Natalia Aramendía García, estellesa de 63 años, se jubilaba hace tan sólo unos meses y se despedía del servicio de Obstetricia y Ginecología del hospital comarcal García Orcoyen.
Desde su llegada en 1977, su vida ha estado ligada a las de cientos, miles de bebés de Tierra Estella que han llegado a este mundo en su compañía.

Tras una vida laboral plena de satisfacciones, Aramendía hace balance de su trayectoria a la que le llevaron, asegura, el destino y la vocación. Destaca también los cambios que ha sufrido una profesión que sigue fundamentada en la relación de mujer a mujer.

¿Siempre quisiste ser matrona?
Mi vida han sido casualidades y siempre digo que creo en el destino. Cuando yo nací atendió el parto la comadrona María la Castejona. Mi madre se puso de parto pero fue muy largo y María se metió en la cama con ella para acompañarla, así era como se trabajaba antes. Aquello tuvo que decir algo, junto con mi nombre, Natalia, que significa nacimiento.

La verdad es que yo siempre tuve claro que me gustaba el tema de la salud, la medicina, desde los 13 o 14 años. La decisión de optar por la especialidad de Matrona después de estudiar Enfermería la he considerado siempre un privilegio por el trabajo de mujer a mujer. También ha sido un privilegio y una suerte haber desarrollado mi carrera en el Hospital García Orcoyen, un centro pequeño, familiar, donde conoces a la madre con nombre y apellidos. Te acuerdas de las mujeres que has atendido, después hablas con ellas y ves a los críos.

Exactamente, ¿cuál es la labor de una matrona?
La matrona se ocupa de todo lo relacionado con el embarazo, desde el inicio hasta el final. Está la matrona de consultas, que es la que hace ese seguimiento desde el primer momento y lo sigue en el posparto. La matrona de partos, que es mi caso, se encarga del control de las monitorizaciones en la recta final, de las urgencias, del preparto, del parto y del puerperio. Además, durante la hospitalización y después hay un seguimiento, asesoramiento y acompañamiento sobre la lactancia. El Hospital está muy involucrado en este tema y de hecho hay una comisión de la lactancia.

¿Cómo recuerdas tus inicios?
En los principios era un trabajo más de tú a tú, de la matrona o comadrona con la mujer. Vengo de una época en la que no existían ni monitores ni ecógrafos. Nos sentábamos en la cama para controlar las contracciones con la mano en la tripa y seguir la dilatación. Teníamos también el estetoscopio de Pinard, para escuchar los latidos del corazón del bebé. El equipo atendía a la embarazada en un ambiente de total confianza.

¿Cómo ha cambiado el trabajo en los últimos años?
Ha cambiado, sobre todo, en el aspecto técnico con la llegada de los monitores para ­realizar el control y, por supuesto, con la llegada de la epidural en 1995 a este hospital. Pienso que la epidural es lo mejor que le ha podido pasar a la mujer porque cuando hay dolor hay que pasarlo.

Muchas otras cosas han cambiado, como la capacidad de la mujer para poder decidir. Ahora dice si quiere la epidural o si no la quiere o si prefiere esperar un poco más, puede hacer un plan de parto con una serie de peticiones que se atienden en la medida de lo posible y, muy importante también, en el cien por cien de los casos entra la pareja, o, si no, alguien cercano que decide la mujer.

Este cambio supuso que el personal se tuviera que adaptar, pero ese apoyo moral me parece muy importante. En mi opinión, la capacidad de la mujer para decidir y estar acompañada es fundamental, aunque también les aconsejo que confíen en los profesionales.

¿Has tenido una carrera profesional llena de satisfacciones? ¿Es un trabajo gratificante ayudar a traer niños al mundo?
Ha sido un trabajo muy bonito. Aunque yo no haya tenido hijos, siempre he empatizado muchísimo con las mujeres. He vivido muchos momentos gratificantes, muchos gestos de cariño y muchas anécdotas. En ocasiones, la madre no tenía muy claro el nombre y le ha puesto el mío.

También quiero decir que las personas del departamento nos sentimos muy queridas, las madres nos lo dicen en la calle, valoran el trato cercano y familiar. En varias ocasiones se han hecho encuestas de satisfacción, la última hace unos meses, y el departamento de Obstetricia del Hospital García Orcoyen ha sido el mejor valorado de Navarra.

¿Puedes contar alguna anécdota?
Sí, por ejemplo el parto de dos gemelos que nacieron en diferente día y mes. Y el de una mujer que llegó con la bolsa rota el 31 de diciembre y me decía “¡ay, Natalia!, no quiero que nazca el 31, tengo otro de noviembre y es el pequeño de la clase”. Eran las siete de la tarde cuando llegó y yo le decía, “Que no va a nacer el 31, tranquila”. Pero se puso con contracciones, empezó a dilatar y ahí nos vemos a las 12 menos diez de la noche en dilatación completa y, con la complicidad del ginecólogo, que también entendió a la mujer, le decíamos “respira, respira, respira”, porque es la manera de contener al niño. Ya cuando dieron las campanadas le decíamos “empuja, empuja”. Eran las doce y un minuto cuando el niño nacía.

En otra nochevieja tuvimos a una chica en dilatación y sonaban las campanadas. El bebé nació a las 12.15 y la madre nos dijo “Tengo a la familia en casa venga preguntar. ¿Les digo que suban?”. Sintonizamos muy bien con ella y allá se presentaron con una botella de champán y todo el equipo brindamos con ellos alrededor de la cama.

¿Cómo se llevan los malos momentos?
Un caso malo en tu profesión es un caso malo para siempre. Las mujeres con malas experiencias saben que yo me acuerdo de ellas y que sigo sintiéndolo. Casos los ha habido en 41 años y algunos han sido incluso noticia. Por ejemplo, sería en la década de los ochenta, que una mujer embarazada estaba columpiándose en una finca cercana al hospital y falleció en el acto. La trajeron al hospital, se le hizo una cesárea y nació una hija maravillosa. A mí me tocó vivir el duelo con la familia al día siguiente y el hospital estuvo de luto. Es durísimo.

También nos ha tocado vivir embarazos que no se sabían, generalmente en mujeres pre menopáusicas que llegaban en fase de dilatación, pensando que se morían. Y embarazos ocultos, que se convertían en dramas familiares. Esto es algo que ya no ocurre porque ahora existe mucha información y la mujer tiene mucha más libertad y está más confiada para hablar.

No me cansaré de repetir la suerte de tener un hospital comarcal, que ha salvado vidas por la cercanía. Con una sola que se haya salvado ya es suficiente.

¿Te preocupa el descenso de la natalidad y el hecho de que la edad media de la madre para tener su primer hijo se sitúe en los 32 años?
Sí es preocupante, por supuesto, que descienda la natalidad, por el futuro de esta sociedad. Ahora vemos que cada vez hay más parejas que deciden de una manera meditada no tener hijos. Es la realidad de la sociedad en la que vivimos. El incremento de la edad viene marcado por varias causas. En muchos casos las mujeres no han encontrado el momento o la persona adecuada. Otras veces las parejas que con 30 tenían claro que no querían tener familia cambian de idea a los 39 o 40 años. Antes, con 35 años una mujer era primípara añosa, ahora ya no lo es, pero está claro que se tienen los hijos tarde. Hay que reconocer que el entorno laboral no acompaña y que un hijo acarrea responsabilidad, atención y gastos.

¿Cuál ha sido tu mayor satisfacción en estos 41 años?
La satisfacción más grande fue cuando nacieron mis sobrinos. El primero, Iñigo, fue fruto de un embarazo de mi hermana nada fácil. Luego llegó mi segundo sobrino, Iker, y hace poco mi sobrina-nieta, Saioa.

¿Te ha costado decir adiós?
Pensaba que me iba a costar un montón. Lo que más me preocupaba era cómo iba a vivir el hecho de vaciar la taquilla, cerrarla y entregar las llaves. Como mis compañeras lo sabían, me acompañaron a hacerlo.

Quien me conoce pensaba iba a estar aquí todo el día de visita, pero no es así. Yo corté el cordón umbilical con el hospital cuando el servicio me hizo la despedida. Les escribí y leí una carta de agradecimiento a todos ellos y por haber podido trabajar en un hospital comarcal de lujo como es éste y al que hay que defender a capa y espada. Ahora toca dejar trabajar a los nuevos profesionales, que vienen muy formados. Pero sí que es cierto que me acuerdo mucho de mis compañeros.

Fotógrafa aficionada y amante de los viajes

Natalia Aramendía García entiende la jubilación como una puerta que se cierra y otra que se abre. En su caso, el tiempo que tiene ahora a su total disposición lo dedica a sus grandes aficiones: la fotografía, como miembro de junta de la Asociación de Fotógrafos de Tierra Estella-Aftelae y viajar. Y, por supuesto, su disponibilidad completa para compartir momentos con su familia y amigos.

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