‘LOCOS POR…’ EL PARAMOTOR – Marcos Sotés Areta – “Allí arriba te sientes dentro de un documental”

‘LOCOS POR…’ EL PARAMOTOR – Marcos Sotés Areta – “Allí arriba te sientes dentro de un documental”

El estellés practica el vuelo en parapente con motor desde hace ocho años

Volar ha sido uno de los grandes anhelos del ser humano, que a lo largo de la historia ha ingeniado diferentes inventos que imitaran las alas de un pájaro. Porque la sensación de libertad y la perspectiva del terreno desde el cielo son únicas. Porque el estrés se evapora y las preocupaciones se quedan en tierra. Así explica el estellés Marcos Sotés Areta, de 38 años, su pasión por el paramotor, una modalidad de parapente motorizado que practica en su tiempo libre desde hace ocho años.

¿Qué es el paramotor?
Es un deporte que se practica con la aeronave más simple que existe, un ala de parapente, de tela, con unas cuerdas de las que pende una silla. La nave se propulsa a motor y es la más segura, siempre y cuando las condiciones climatológicas para la práctica sean las adecuadas. Permite un vuelo muy versátil, porque puedes hacerlo rozando el mar y, como récord, se han llegado a superar la altitud de los 8.000 m, aunque legalmente no se pueden superar los 300 y hay que respetar la normativa de aviación. Es posible volar en todo tipo de terrenos y se pueden alcanzar velocidades por encima de los 100 km/h.

¿Cómo fueron tus inicios en este deporte?
Siempre me ha gustado el deporte de riesgo. Hice motocross, esquío y me gustan la montaña y la escalda. Pero el vuelo lo supera todo. En todos estos deportes buscas la adrenalina, pero el paramotor es lo máximo. Puedes tener vuelos tranquilos, muy placenteros, y otros de mucha tensión. Yo siempre he pensado que hay que probar diferentes cosas para elegir bien, y cuando hice el primer vuelo, me enganché.

¿Por qué?
El primer vuelo me afectó seriamente. Me abrió la mente a la exploración. Antes pensaba que si había algo que valiera la pena ver, encontraría un camino para llegar. Ahora sé que hay mucho más. El paramotor ha cambiado mi forma de ver el mundo.

¿Porque lo ves desde arriba?
Sí, porque allí arriba te sientes dentro de un documental, cambias la perspectiva del entorno, del paisaje. Se estimulan todos los sentidos: la vista, el olfato… Cuando vuelas los problemas se quedan en tierra, el estrés que puedas tener desaparece. La desconexión es total e incluso bajan las pulsaciones en un vuelo tranquilo. Puedes parar el motor y planear.

¿Cómo te interesaste por este deporte? ¿Quién te introdujo?
Llevo ocho años practicando y me interesé mediante vídeos que veía en Internet. Entonces hice un curso de aprendizaje y después me saqué el título de piloto de paramotor.

¿Hay que superar el vértigo?
Puedes sentir más vértigo en un rascacielos que en un paramotor. Arriba no tienes referencias, es como cuando estás en un avión o en un telesilla. No se siente el vértigo.

¿Lo consideras un deporte arriesgado?
Depende de lo arriesgado que lo hagas como piloto. Yo vuelo con vientos muy flojos o nulos para evitar sorpresas, pero es cierto que en rutas más largas pueden surgir imprevistos si las condiciones climatológicas con las que partiste cambian conforme recorres kilómetros.

¿Has tenido algún susto en estos ocho años de práctica?
Alguno que otro. En la Sakana, volando sobre un mar de nubes me quedé atrapado junto a otro compañero. No nos veíamos y no sabía qué hacer porque iba sin instrumentación. Decidí mantener el rumbo fijo hasta que pasaron las nubes. En otra ocasión, esta vez en el valle de Yerri cuando llevaba poco tiempo en esto, me pillo una corriente y estuve como media hora luchando contra los vientos. Fue un momento de mucha tensión acumulada, llegué a tierra agotado.

¿Qué grandes experiencias te ha dejado esta afición?
Sobre todo las rutas de largo recorrido que organizamos varios amigos. La más larga fue desde Bayona (Galicia) por toda la costa portuguesa regresando a Navarra por el interior. Fueron unos 1.500 kilómetros, por etapas durante una semana. Aquí hice el vuelo más largo, de 4 horas y 223 kilómetros sin repostar. La costa vasca completa y el Pirineo oscense nevado fueron, igualmente, experiencias inolvidables. Otro día salimos de Estella a las 7 y para el medio día estábamos en el delta del Ebro tomando una paella. También he hecho alguna competición, como la semana pasada en Andalucía, que recorrí 500 kilómetros en tres etapas, y quedé cuarto.

¿Algún reto pendiente?
Islandia, por el paisaje, por la magia que tiene, por las auroras boleares. Ahora va a nacer mi segundo hijo y habrá que aplazarlo. Pero será algún día seguro.

ME QUEDO CON...

“La magia del Pirineo nevado desde el cielo. Pude ver y pa­sear, desde una perspectiva única y en una mañana, por las cumbres míticas que he disfrutado como esquiador y montañero”.

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