
¿Qué es lo que más te gusta del periodo navideño? ¿Cómo sueles vivirlo?
En familia. La Navidad no solo cobra sentido, como diría Borges, cuando recreas un pesebre de corcho y las luces parpadeantes, sino cuando la familia está cerca, porque ninguna luz compensa un hogar disperso. Los hijos hacen que la fecha deje de ser solo una liturgia, es activar la memoria de la infancia, es un respiro poético.
¿Eres más de deseos de Navidad o de propósitos de Año Nuevo?
Los deseos de Navidad pertenecen al corazón; los propósitos de Año Nuevo, a la vanidad. Prefiero los primeros, porque al menos no pretenden engañar al tiempo.
Acabas de ganar MasterChef Celebrity 10, ¿cómo era antes tu relación con la cocina?
Mi relación con la cocina antes de MasterChef era inexistente. No cocinaba, nunca. Ni vocación, ni técnica, ni tiempo. Entré al programa casi como quien entra en un idioma desconocido. Y tuve que empezar desde cero, sin atajos.
¿Se notará estas Navidades?
Claro que sí, porque ahora sé hacer cosas que antes ni imaginaba. No voy a convertirme en la gran chef de la familia, pero sí voy a poner en la mesa un par de platos con lo que he aprendido. Cocinaré para los míos, aunque solo sea para demostrarles que hasta lo que parecía imposible puede cambiar.
Tuviste la posibilidad de diseñar un menú personal con el que aprovechaste para incluir referencias a tus orígenes, ¿cómo fue el proceso creativo?
Cuando preparé el menú de la final, el Chef Mario Sandoval, del Restaurante Coque, me preguntó qué historia quería contar con mis platos, y entonces entendí que también se puede narrar el amor desde la cocina.
El primer plato fue mi homenaje a mis padres y a la huerta que creó con ellos mi tío Luis, de Igúzquiza, con sus manos heridas volviendo fértil una tierra dura. El Wellington hablaba de mis hijos, de los cuentos antes de dormir y de ese sueño inocente que una madre protege llenándoles de besos. El postre lo dediqué a mi tía Lola, mi confidente, creando un perfume comestible inspirado en su aroma. En MasterChef descubrí que también se aprende a amar entre fogones.
Un plato muy típico de Tierra Estella en estas fechas y que te encanta es el cardo; ¿con qué te quedas, la versión tradicional o una nueva con técnicas de alta cocina?
El cardo es indeclinable porque lo hacía mi madre, y desde que ella falta, Maribel, una mujer a la que siempre he querido y me quiere. Lo continuó como quien sostiene un hilo secreto. Ese plato, viajando desde Estella hasta mi casa en Sevilla y Madrid, era algo más que alimento: era una señal; un gesto que confirmaba que el amor puede trasladarse en un paquete, preservado por el tiempo igual que ciertas palabras que uno no se atreve a olvidar. Ninguna técnica puede mejorarlo.
Así reencontraba, año tras año, la memoria familiar a través del sabor. El cochinillo también pertenece a ese pequeño canon doméstico. No son recetas, son vínculos. En cada una late la certeza de que la cocina, cuando la toca la familia, guarda una forma antigua de amor que no desaparece, aunque falten quienes la enseñaron.
¿Cómo has vivido el paso por el programa? ¿Valorabas la posibilidad real de ganar el concurso?
Yo no sabía cocinar ni una sopa. Intenté reproducir una de mi tía Floren para mis hijos y, como olvidé hasta el agua, entendí que en MasterChef empezaba de cero. Lo viví como un proyecto vital: plato a plato, prueba a prueba, estudiando como quien pasa libros y exámenes.
Mi nivel de exigencia es alto y fui hasta el final sin darme por ganadora; de hecho, pensé que Miguel Torres vencería en el duelo. Ganar me sorprendió y me hizo muy feliz, pero lo más grande fue compartirlo con mis hijos y verles tan emocionados. Ese abrazo entre el balcón y la cocina vale casi más que el premio. Aunque, eso sí, mi M de oro en casa me recuerda cada día que lo conseguí.
¿Qué te ha enseñado esta experiencia gastronómica?
Que se puede amar profundamente a través de la cocina: porque en un plato se cifra lo que la memoria calla, y cada gesto frente al fuego es una forma antigua de decir te quiero sin pronunciarlo. Por ello, los comensales deben ser recíprocos.
Tu ‘top3’ de lo vivido en MasterChef Celebrity 10…
Mi top 3 en MasterChef fue la perseverancia: resistir cientos de horas de trabajo, disfrutar de un show extraordinario y de un equipo técnico y culinario que me enseñó más de lo que imaginaba. Estudié sin descanso, practiqué hasta el límite y tuve que tirar de cabeza para no venirme abajo.
Plato a plato me inspiraba la fortaleza mental de Nadal, esa forma de seguir adelante incluso cuando duele. Los deportistas me recordaron que también en la cocina se avanza así: paso a paso, golpe a golpe, sosteniéndose en la determinación.
¿Qué proyectos esperan a Mariló Montero en el 2026 que entra? ¿En lo laboral, en lo personal?
Del porvenir solo sabemos que es una página que se escribe a espaldas nuestras. Podemos fijar objetivos, pero el azar siempre se reserva la última palabra.
El menú que le dio el triunfo a Mariló Montero en MasterChef Celebrity 10
El menú finalista de Mariló Montero en MasterChef Celebrity 10 fue un homenaje a su familia y a su tierra. Titulado ‘Sabor a recuerdos, besos y estrellas’, fue elogiado por su técnica, complejidad y la emotiva historia que contaba, consolidando su victoria en la final.
Detalles del menú:
Entrante: ‘La Huerta’. Un puré de lentejas pardinas que simula tierra, con verduras variadas (espárragos, calabacín, patata) emergiendo de él. Acompañado de un ‘crumble’ de aceituna negra, ‘shots’ de guisante con menta y mayonesa de ají amarillo. Completaban la presentación flores, recordando las que adornaban la casa del matadero, donde vivía su madre.
Plato Principal: ‘Besos’ en honor a los besos que les daba sus hijos cuando eran pequeños. Lomo de corzo Wellington con una duxelle de setas, un ‘dorayaki’ y un ‘savarin’ de mora y chalotas.
Postre: ‘Estrellas’, dedicado a su tía Lola. Fresas escabechadas con un toque de pimienta y helado de yogur griego con vainilla. Lo decoraban un velo de pacharán y una nube de algodón de azúcar estrellado, representando las noches que pasaba con sus hijos buscando estrellas fugaces.
