
La jornada comenzó con el repicar de las campanas anunciando la procesión a media mañana. Alrededor de diez personas subieron con la imagen de San Adrián hasta la ermita donde se celebró la misa, oficiada por Juan Terrés, vicario parroquial de Iturgoyen. Después del oficio, los asistentes degustaron un rico aperitivo, y hacia las dos y media de la tarde más de 80 personas disfrutaron de una costillada en las inmediaciones. La sobremesa se alargó entre risas, copas, cantos y bailes hasta bien entrada la tarde, momento en el que el carro de los novios cumplió con la tradición.
Los ‘bueyes’, con pieles y cencerros
Ramas de hayas, rosas y margaritas engalanaron el carro en el que se montaron Alfonso, Ángela, Iker y Miren. Ambas ‘novias’ portaron también un ramo de flores. El carro de los novios es arrastrado por hombres o mujeres solteras que simulan ser ‘bueyes’. Este año los encarnaron Paula Goñi y Natxo Urabayen. Su indumentaria así lo demostró con las pieles y los cencerros. Y guiando a los bueyes, Julen Esparza como pastor.
Uno de los momentos más esperados fue el baile de la jota tradicional en el frontón, justo antes de afrontar una de las cuestas más empinadas. Luego, otro instante emblemático y esperado: la llegada al pilón. Los ‘bueyes’ no dudaron en lanzarse al agua para refrescarse del calor, arrastrando a los novios, a sus familiares y a muchos vecinos y vecinas hasta el agua. Tras este refrescante chapuzón, el carro descendió por los senderos hacia el pueblo, donde en el ‘alto de las eras’ bailaron otra jota, cerrando la jornada con abrazos y emoción.
Ritos de fertilidad
El origen exacto de esta singular celebración se desconoce. No hay documentos que recojan cuándo ni por qué surgió. Se sabe que durante un largo periodo el carro dejó de salir, hasta que fue recuperado en los años ochenta. Tampoco está claro el motivo por el cual los recién casados son los protagonistas del recorrido, aunque algunos apuntan a antiguos rituales de fertilidad relacionados con la figura de la mujer, al decorarse el carro con flores y hojas, como símbolos de fertilidad y abundancia, simbolizando la promesa de vida y la renovación de semillas. Lo que sí es cierto es que, año tras año, los vecinos y vecinas de Iturgoyen se vuelcan para mantener viva esta tradición que consideran de gran significado, un sello de identidad y celebración compartida.
