Colaboración-Descripción artística del Palacio de los San Cristónal, por Gregorio Díaz Ereño

El Palacio de los San Cristóbal, actual casa de cultura, fue la casa familiar en la que vivió fray Diego de Estella. El historiador Gregorio Díaz Ereño, actual director del Museo Jorge Oteiza, realiza en el siguiente artículo una descripción artística de uno de los edificios patrimoniales más importante de la ciudad del Ega, ubicado en la calle La Rúa.

El siglo XVI representa para Navarra, y en particular para Estella, la constatación de la vivencia de un siglo de prosperidad. Finalizada la guerra civil, que asoló el territorio navarro durante el siglo XV, se vivirá a lo largo del XVI un periodo de paz que facilitará la recuperación económica, lo que redundará en un aumento de la población y una reactivación cultural y artística.

Un testimonio de dicho esplendor cultural vendrá dado por el Estudio de Gramática, auspiciado por el propio municipio, que contará con figuras del prestigio de Juan de Cemboriain o el portugués Francisco Barbosa.

Otro de los hitos que reflejan la estabilidad y prosperidad de la ciudad del Ega será la instalación en 1546 de una imprenta, la tercera de Navarra. Será Miguel de Eguía, estellés que había participado en Alcalá de Henares en la impresión de la Biblia Políglota y en la Gramática de Nebrija, el artífice de tal empresa. De sus talleres salieron libros de Filosofía, Música, Liturgia y Humanidades alcanzando gran fama por sus ediciones de Erasmo de Rotterdam.

Ligado por la historia a las letras y el saber, persiste en la ciudad una singular muestra arquitectónica de este momento, la edificación, en lugar preeminente de la Rúa y cercano a la plaza de San Martín, del palacio de los San Cristóbal, más conocido en la actualidad como casa de Fray Diego.

Estamos ante un palacio mandado edificar probablemente antes de 150 por don Diego de San Cristóbal Ballesteros y Eguía y por su mujer doña María Cruzat y Jaso. El edificio presenta una bella fachada donde predomina el ladrillo y que destaca por su monumental verticalidad. El primer cuerpo presenta en su lado derecho una portada de piedra protegida por un alfiz que apea en dos pequeñas ménsulas configuradas por sendas cabezas masculinas. La portada presenta una rica ornamentación de grutescos con seres híbridos y pequeños niños que juegan con diversos animales. Parecida ornamentación decora el alfiz. Sobre él un blasón ornado por guirnalda de frutos es sostenido por muchachos tenantes representando el linaje de los San Cristóbal y Cruzat. En el lado izquierdo, una sencilla ventana rompe la monotonía del muro.

Sobre este primer cuerpo se alza un segundo, en referencia a la planta noble articulado mediante dos balcones, en ellos se concentra la decoración, repartida por los enmarques de piedra de los vanos. Dos columnas abalaustradas son sostenidas por atlantes y terminan en un friso que sostiene un tímpano curvo flanqueado por niños que a su vez soportan escudos correiformes de los San Cristóbal y los Cruzat.

El balcón de la izquierda, en el friso, se narran cuatro de los doce trabajos a que se vio sometido el mítico Hércules. Durante el Renacimiento, los dioses se convirtieron en ejemplos de virtud, constituyendo modelos a seguir por el hombre cristiano, de tal forma que sus hazañas serán entendidas como ejemplos doctrinantes, realizándose una lectura de éstas en clave moral, escondiéndose detrás de cada episodio una verdad aplicable a la vida cotidiana.
Ello hará que Hércules pase a ser un modelo de virtud, ganando la inmortalidad en base a su denodado trabajo por imponer el bien y acabar con los vicios. A esto se unirá un carácter protector, razón por la cual “ponían en casa antiguas a Hércules: aqué no dejaba pasar ni males ni malos”.

El programa iconográfico desarrollado resulta complejo y de una belleza incuestionable. De izquierda a derecha se escenifican los siguientes trabajos: Hércules luchando contra la hidra de Lerna ayudado por su amigo Yolao. Hércules enfrentado a Anteo, luchando contra el león de Nemea y el centauro Neso.

Pese a la lectura inmediata, es preciso considerar que cada uno de estos episodios, no sirve únicamente para exaltar la fortaleza del héroe, sino que hacen referencia a la firmeza del espíritu. Y es que todos ellos se vinculan a la lucha permanente que debe sostenerse entre la virtud y los vicios.

Así en la confrontación contra la hidra, el monstruo simboliza los vicios y apetitos desordenados que hay que erradicar. Su sangre es veneno, lo que confirma que cuando tocan los vicios o sus emisarios se corrompe y corrompe.

El combate contra el gigante Anteo, hijo de Neptuno y la Tierra, simboliza la lujuria que es vencida por la virtud, capaz ésta de elevar la mente a las cosas espirituales. El león de Nemea sintetiza la contienda del hombre virtuoso contra la soberbia y el centauro de Neso personifica la concupiscencia, la lujuria, la sensualidad con todas sus brutales violencias que vuelven al hombre parecido a las bestias cuando no está equilibrado por el poder espiritual. La lucha es ardua y difícil, porque el combate contra los vicios es ingrato y personal.

Por todo ello, Hércules será considerado como prototipo del caballero cristiano, vencedor de los pecados capitales más dañinos, como la envidia, la lujuria, la soberbia y la avaricia, siendo coronado por la virtud como recompensa a su esfuerzo. Y es que la destrucción de estos monstruos se ha de leer como una purgación de las pasiones.

En todas las escenas, el héroe aparece desnudo, ya que como dice Pérez de Moya “pintarle desnudo, para demostrar su virtud, porque la verdad la pintan desnuda, sin ningún cuidado de riquezas”.

Ya sobre el friso y dentro del tímpano curvo, el busto de un hombre demacrado nos revive la imagen prototípica del estoico, en cuya filosofía se sostiene que la esencia de la felicidad está en la práctica de la virtud, manifestada por una vida ordenada vivida con decoro, lo cual se logra con la renuncia y el esfuerzo.

En el balcón de la derecha la estructura decorativa es similar, si bien en el friso hallamos un bucráneo que sirve de eje a una composición simétrica de seres grutescos.

En el tímpano, un busto de mujer lujosamente ataviada con casco, quedando enmarcado por una guirnalda repleta de frutos. Su identificación es más difícil, siendo cuatro las posibles soluciones: Céres, como símbolo de la fecundidad; Diana, como emblema de la castidad y también de los partos; Hebe, mujer de Hércules divinizado, como diosa de la juventud, y Minerva, identificada con la sabiduría, representando la idea de la lucha ordenada y meditada. Como protectora de Hércules, simboliza la ayuda aportada por el espíritu a la fuerza bruta y el valor personal de los dioses.

Sobre este segundo cuerpo se alza un último piso a modo de ático, con cuatro huecos que dan paso a un volado alero de madera formado por artesonado hexagonal, de cuyo centro cuelgan unos pinjantes rematado en forma de estrella.

La fachada se ha cristalizado en una arquitectura “parlante” de valor universal, haciendo de la casa un decálogo, un modelo de comportamiento adecuado al pensamiento de su dueño. Y es que, la consecución de la virtud será una aspiración constante en el pensamiento humanista del siglo XVI, de ahí que, vivir sometido al bien será considerado el fin propio de la vida y de los actos humanos.

Superado todo este programa previo que encabeza la recepción de la morada, nos encontramos traspasada la fachada y ya en el interior con un amplio vestíbulo que da acceso al patio central, mediante una puerta de arco elíptico, exornado en su arquivolta por puntas de diamantes.

El patio se convierte, siguiendo la fuerza de nuestra tradición constructiva, en el centro de la edificación quedando dispuesto en dos logias superpuestas. A diferencia de la tipología normal y debido a la adaptación al espacio disponible, no se encuentra rodeado de galerías por sus cuatro frentes. La necesidad de hacer un palacio habitable hacía irrealizable la construcción de una cuarta galería. Los dos pisos son desiguales en altura y su estructura es adintelada.

El primero, más esbelto, presenta columnas de fuste poligonal rematados por una cinta que, en cada una de las caras del octógono, presenta bustos de hombres, mujeres y angelotes primorosamente esculpidos y expresados. Sobre esta banda descansa una zapata de madera que soporta el dintel.

El segundo piso presenta fuste entorchado y la misma banda decorativa, si bien, en este caso, solo representa querubines. Las zapatas se decoran con pequeños atlantes.

Las galerías flanquean un muro de ladrillo, abierto en dos plantas por cuatro ventanas, cuyos marcos están ricamente ornados con bucráneos, calaveras, panoplias, máscaras, guirnaldas y querubines. En la puerta que daba primitivamente acceso a la planta noble se conservan en los remates de las jambas dos ménsulas trabajadas con un esqueleto humano y un robusto niño, tal vez representación de la vida y la muerte.

La construcción del palacio se ha vinculado con el arte de Gil de Morlanes el joven o con el cantero de Azpeitia Martín de Oyarzabal que, con su taller, estaba trabajando en la construcción de la primera parte del claustro del monasterio de Irache.

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