
La localidad de 48 habitantes se sumará de esta manera a otras de Tierra Estella que también ofrecen con su bar o tienda de ultramarinos y despacho de pan un valor añadido y arrojan luz y esperanza a la vida en el entorno rural. Es el caso, entre otros, de Zúñiga, cuyo bar abría una pequeña tienda el pasado mes de septiembre, o de Larrión, concejo del valle de Allín que cuenta desde hace cuatro años con un negocio puesto en marcha por dos emprendedoras junto a la carretera principal, muy ‘a mano’ para los pueblos y valles vecinos.
Atracción de nuevos vecinos
En Armañanzas ha hecho falta para dar forma al nuevo proyecto una inversión de 215.000 euros y el empeño y el trabajo del equipo municipal: el alcalde, David Pérez de Eulate, y la concejala Ruth Ramos. Una parte importante del presupuesto, 155.000 euros, proceden de enmiendas a los presupuestos de Navarra de tres ejercicios seguidos.
La iniciativa para construir un bar-restaurante y una pequeña tienda en la plaza del pueblo tuvo su primer paso en la compra en 2023 de una bajera en la plaza. Se derribó el inmueble y, en su lugar, se ha construido un nuevo edificio – de planta baja más una altura- que estará comunicado con el anexo quiosco del pueblo, habilitado para albergar un pequeño comedor con vistas. De ahí, el nombre: ‘El Mirador’.
‘El Mirador’ se encuentra próximo al ayuntamiento y a la pared del frontón en un marco que invita a la reunión de vecinos y visitantes. A falta de equipar el nuevo establecimiento con la barra, la cocina y el mobiliario, el alcalde explica que el consistorio aborda la redacción del condicionado para la adjudicación de su gestión. Y parece que hay interés.
“Planteamos esta idea como una manera de ofrecer servicio a los vecinos, sobre todo a la gente mayor del pueblo, y para que venga gente de otros pueblos a tomar algo, a comprar lo que necesiten o a comer. Hemos encargado un asador de pollo para que también haya servicio de comida para llevar”, explica el alcalde. Junto a la idea de dar servicio, destaca la intención de que sea un atractivo para nuevos pobladores y hacer frente al reto demográfico.
Armañanzas dista 30 kilómetros de Estella, 13 de Viana, ocho de Los Arcos y 24 de Logroño. “Nuestra ubicación es buena. Y tenemos fibra óptica. Nos gustaría que el establecimiento estuviera gestionado por una familia que venga a vivir al pueblo. Por ello, también tenemos en marcha, justo enfrente, la reforma de una vivienda para alquiler, en lo que era el centro médico, que la podría utilizar una familia interesada en llevar el bar y la tienda”, cuenta David Pérez de Albéniz. El primer edil confía en que el negocio sume interés. “Tenemos muchas casas cerradas, la edad media de la población es alta, hay que hacer algo para estimular que la gente venga”, insiste.
Ruth Ramos, teniente de alcalde, vive en Armañanzas desde hace cuatro años. Es una de las últimas vecinas en llegar. Sin vínculos con el pueblo, cambio su residencia en la capital navarra por la calma del campo. “Hay que hacer una reflexión sobre la vida en el entorno rural. En Pamplona yo tardaba 20 minutos en llegar al trabajo. Ahora tengo 20 a Logroño y me desplazo a Pamplona con comodidad. Parece que ir del pueblo al trabajo no entra en los planes y queremos tenerlo todo al lado, pero en las capitales también necesitas el coche. Yo estoy encantada con mi vida ahora, con mi casa, con la tranquilidad, con el canto de los pájaros. Y en verano, la vida se anima mucho”, describe poniéndose como ejemplo.
El Ayuntamiento de Armañanzas busca una familia que se quede en el pueblo y gestione el nuevo establecimiento municipal
Mucho han cambiado los pueblos, también Armañanzas, con el paso de las décadas. En los años 60 tenía 300 habitantes y convivían dos tiendas, una carnicería y dos bares. Hoy, el municipio alberga una sociedad, pero el último bar y el último comercio cerraron a principios de los años 90. Para hacer compras, los vecinos se desplazan a Los Arcos y a Viana, que son los lugares más próximos. La apertura de un establecimiento años después contribuirá a satisfacer necesidades básicas.
Zúñiga: punto de encuentro
A 28 kilómetros de Armañanzas, Zúñiga es otro buen ejemplo de cómo cambia la vida cuando un pueblo tiene bar. Y cuando tiene también tienda.
Viernes 12.30 horas, y hasta la barra se acerca un goteo continuo de clientes que se sientan en las mesas. Hora de tomar un café o una cerveza, momento de comprar el pan, y, de paso, encuentro asegurado para charlar entre vecinos en el edificio rehabilitado de las antiguas escuelas del pueblo.
Al frente del negocio se encuentra Ane Oteiza, de 26 años, que se encarga del bar municipal desde hace tres años. Cuando el contrato del ayuntamiento con el anterior arrendatario terminó, el bar cerró. Fue entonces cuando Ane dio el paso y decidió atender el negocio como una manera de compaginar la hostelería con sus estudios de Psicología.
El pasado mes de junio, Oteiza abría al público en el local anexo al bar y con entrada compartida una pequeña tienda de productos básicos, la única que existe en Zúñiga. “La gente está contenta y agradecida. Si algo les falta en casa o es fin de semana, puede comprar en el pueblo. Al principio cuesta ponerlo en marcha, pero ahora ya conoces qué necesita la gente y qué genero tienes que tener”, explica Oteiza.
No es sólo servicio, también es socialización. “Los servicios en un pueblo son muy importantes, una tienda y, sobre todo, un bar lo es todo. Es el punto de encuentro, donde te ves con la gente, una excusa para salir de casa. Sin bar, no se hace tanta vida de pueblo y la gente se comporta de manera más individualista”, comenta.
Esta idea también la apoya Pedro Oteiza. Oteiza, padre de Ane, cumple su cuarta legislatura como alcalde de Zúñiga. Que el bar siga funcionando y que Zúñiga tenga una pequeña tienda es una bendición. “En el bar salen muchos proyectos, es una manera de hacer pueblo, de que esté vivo”, y lo defiende como un elemento de lucha contra la despoblación, un fenómeno que se está revirtiendo poco a poco en el municipio. Actualmente, Zúñiga tiene 90 personas censadas.
El bar de Zúñiga abre todos los días, excepto la jornada de descanso semanal. Durante el invierno el horario es más reducido, salvo los fines de semana y festivos. En verano, sin embargo, se amplía y la clientela florece. La amplia terraza sombreada por los plátanos de paseo atrae a vecinos de los pueblos próximos, a ciclistas en su paso por la Vía Verde y a turistas que contribuyen a fortalecer el balance económico anual.
Larrión: a pie de carretera
El lugar es estratégico a la hora de tomar decisiones. Las socias Eva Fritschi Lagares y Elena Pérez Martínez de Marañón lo tuvieron claro. Vecinas de Aramendía (valle de Allín), hace cuatro años decidieron emprender un negocio y abrieron el Bar-Tienda ‘La Gildas’, en Larrión, a pie de la carretera que vertebra los valles de Allín y de Améscoa.
Rincón con encanto, el bar-cafetería, despacho de pan y ultramarinos, con apuesta por el producto local, es también un punto de encuentro y de servicio todos los días del año. “Es un negocio exigente. De lunes a domingo, doce horas ininterrumpidas y prácticamente sin vacaciones. Un negocio que requiere mucho esfuerzo para poder vivir”, cuenta Eva Fritschi.
Para Elena Pérez, el negocio contribuye a crear comunidad. “La gente viene, se encuentra, es un lugar de reunión. Nosotras estamos contentas, satisfechas, sobre todo por la gratitud de la gente que valora este servicio”, explica mientras se levanta de la mesa para atender en la barra. El movimiento es constante en el bar-tienda, donde la clientela y las propietarias se conocen y se saludan por el nombre.
No sólo la disponibilidad del servicio, también la cercanía en el plano humano es importante para contribuir verdaderamente a tejer comunidad en el entorno rural. Los clientes lo suscriben. “Mucha gente agradecemos tener aquí el bar y la tienda. Yo vivo en Artaza, en Améscoa, y si necesitaba comprar algo tenía que bajar a Estella. Ahora me libro un montón de veces. Éste (por ‘Las Gildas’) es un lugar por el que pasas, y paras. Hace un tiempo, por trabajo recorría esta carretera todos los días y tomaba algo, ahora, aunque no tengo que pasar tanto, sigo bajando desde el pueblo por amistad. Estoy a gusto. Lugares como este son muy importantes para los pueblos”, expresaba desde el otro lado de la barra José Antonio Arevalillo.
Porque en los pueblos un bar y una tienda nunca son solo un negocio: son conversación, compañía y arraigo. Pequeños gestos que, cada día, mantienen encendida la luz de la vida rural.





