EL MOLINO de Labeaga

EL MOLINO de Labeaga

Molinero y panadero, el propietario de la instalación hidráulica situada junto al Ega, Félix Iturralde, recuerda los tiempos de la molienda

El molino da nombre a Labeaga. Perfectamente conservado junto a la orilla derecha del Ega, ha sido testigo de miles de jornadas de molienda. En el molino se trituraba el cereal para el ganado, así como el trigo, que se destinaba para hacer pan. Primero solamente molino, después también panadería, el pan de Labeaga se distribuía de manera ambulante por los pueblos de Valdega y otras localidades vecinas. Molinero y panadero, el actual propietario de la infraestructura hidráulica, Félix Iturralde Torrecilla, contribuyó a la actividad familiar y muchos son los recuerdos que a sus 79 años guarda en la memoria.

“Venían caballerías desde Arróniz y Andosilla para moler carros
y galeras
El molino de Labeaga no era el único que en el siglo XX funcionaba a orillas del río Ega. Merecen mención el de Acedo y el de Ancín. Precisamente, el hermano de Félix Iturralde, Isidro Iturralde, se encargaba del molino de Ancín, que hoy en día se mantiene también en un buen estado. Recuerda el molinero y panadero de Labeaga el trabajo de su padre, Anastasio Iturralde Macua, y el de su tía, Lucía Iturralde, quienes dedicaron toda su vida al molino. “Yo colaboraba en la molienda. Para atender el molino había que arrimar el hombro; pero sobre todo me tocó la época de hacer pan y de venderlo”, explica.

La familia Iturralde trabajó once años en el molino de Ancín, antes de comprar el de Labeaga, donde desarrollaron la actividad hasta la década de los setenta. Por aquél entonces, la familia elaboraba pan. El nuevo negocio emergía con fuerza y Félix Iturralde contribuyó, junto con otros siete panaderos, a la fundación de la sociedad La Unión, en Villatuerta, antecesora de la empresa Ega Pan.

El trabajo en el molino era muy exigente, de 24 horas al día. “Se molía día y noche en los primeros años. Había mucha labor porque venían a moler para pan desde muchos sitios, incluso de los pueblos de la ribera. Se comía más pan que ahora porque no había otra cosa. Ahora, sin embargo, el pan engorda”. La molienda de cebada, maíz y avena como alimento para los animales generaba también mucha demanda. “Venían caballerías desde Arróniz y Andosilla para moler carros y galeras”, añade Félix Iturralde.

La humedad dificultada las condiciones de trabajo en el molino y el reúma era la principal dolencia que sufrían los molineros. “Ahora no sería trabajo para los jóvenes, no lo querrían. Cuando se estropeaba algo o el molino no funcionaba muy bien había que echarse al agua para arreglarlo. Muchas veces le he visto a mi padre. En verano importaba menos, pero en invierno…”.

Con la industrialización el sistema artesanal de molienda fue quedando en desuso. En Labeaga cada vez se molía menos y dejó de funcionar. Pero como afirma Félix Iturralde, la tolva, la piedra de moler que se picaba a mano, la báscula para pesar y todos los utensilios que participaban en la molienda tienen mucha historia que contar. También la historia de las múltiples riadas que llegaron a cubrir casi por completo el molino de Labeaga.

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